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viernes, 26 de agosto de 2016

Los cuentos de terror de mi tio

             El papá de Joseph regresó a Londres como siempre y Joseph se agitó nervioso por toda la casa hasta que su mamá lo tranquilizó. Eventualmente, se encontró de nuevo en el prado, de pie enfrente del árbol. El deseo de trepar el árbol le llegó de repente, sin ningún pensamiento previo sobre el asunto, pero tan pronto como sucedió, el impulso fue irresistible. Mientras  sido tallado toscamente en la corteza, aunque debió haber sido muchos años atrás, pues el árbol se había curado alrededor de la herida que formaban las palabras de tal forma que eran como viejas cicatrices sobre su pellejo de elefante. Este descubrimiento, aunque interesante, no detuvo por mucho tiempo  a Joseph. Evidentemente no iba dirigido a él, pues tanto quien lo escribió como el supuesto lector debían llevar mucho tiempo muertos. Pero Joseph no acababa de agarrar la primera rama cuando una voz a su espalda lo hizo saltar. —Yo no haría eso si fuera tú —era el viejo Sr. Farlow—. Presta atención a lo que está escrito ahí. —¿Qué? —preguntó Joseph. —Sé que lo leíste, muchacho —dijo—. Te vi. Haz caso. —No tengo miedo —contestó Joseph—. He trepado muchos árboles. —Este no. Sabes lo que dicen sobre los olmos, ¿cierto, joven? —dijo el viejo con una desagradable sonrisa—. «Los olmos odian a los hombres y esperan» ¡Así que aléjate! Joseph se dio la vuelta y regresó pisando fuerte hasta la casa, de mal humor durante varias horas, rehusando darle a su mamá cualquier pista sobre qué era lo que lo tenía molesto.
El jueves siguiente su mamá había invitado algunas amigas de su clase de acuarela a tomar café, y Joseph tuvo que saludarlas a todas y sonreír y dejarse mimar antes de poder escapar. El día estaba oscuro y nublado, pero las plumosas nubes grises estaban altas y no traerían lluvia. Joseph era la única cosa que se movía mientras atravesaba con paso decidido el prado abierto en dirección al árbol. Joseph pasó al borde del agujero sin mirar dentro y empezó a trepar. Eran apenas las once de la mañana. Tenía tiempo de sobra. Fue entonces cuando divisó la marca escrita. Justo ahí, grabadas sobre el tronco del árbol, donde brotaba la rama en la que estaba sentado, estaban las palabras «NO TREPAR». Habían sido grabadas en la corteza exactamente igual que las que
aparecían en la base del árbol. Pero estas parecían recién hechas. Joseph las miró con atención y, al sentir de repente que estaba siendo observado, miró a su alrededor, a través del prado. No había nadie por ningún lado.
Joseph palpó las letras con los dedos. Fuera lo que fuera que usó era en realidad afilado, pues las marcas eran profundas y la madera era tan dura como la piedra. Joseph descubrió que si podía acurrucarse en la rama sobre la que estaba sentado, quizás podía alcanzar otra rama que lo sostendría lo suficiente para ponerse de pie y continuar con la trepada. Se trataba de una maniobra insegura y, de resbalarse, lo menos que podía esperar de la resultante caída era un brazo roto. Pero Joseph consiguió acomodarse fácilmente sobre la rama y, bastante seguro, pudo alcanzar y agarrar una rama más pequeña arriba y llegar a una posición de pie sin correr peligro. Desde ese punto la ruta pareció de pronto bastante sencilla y Joseph trepó con una especie de naturalidad simiesca,
meciéndose de rama en rama sin apenas hacer una pausa para ver dónde estaría su siguiente punto de apoyo. En casi nada de tiempo había llegado arriba para sentarse a horcajadas en el último conjunto de ramas que formaban una especie de cesta o de nido de cuervo arriba en la cima del árbol. Joseph soltó un grito triunfal y pasó la mirada por el paisaje, a través del prado hacia el techo de tejas de su casa, que ahora lo veía abajo.
Entonces una bandada de cuervos graznaron cerca y Joseph se sintió fascinado de encontrarse casi al mismo nivel suyo. Mientras pasaban, Joseph levantó los ojos y vio algo que no había descubierto antes. Encima de su cabeza el árbol expiraba, terminando en un pedazo de tronco mellado, como si alguna vez antes hubiera sido más alto, y en esta parte               extrema del árbol, clavados en la corteza, había docenas y docenas de pequeños objetos de metal. Joseph se levantó, la curiosidad sobreponiéndose a cualquier temor que hubiera podido sentir a esta tremenda altura. Observaba con admiración el tesoro escondido frente a sus ojos. Había cruces de plata y de oro clavadas en la corteza, brazaletes deformados como consecuencia del esfuerzo por meterlos entre el tronco, monedas, anillos y pendientes de collares, broches y hebillas. Incluso Joseph pudo ver que muchos de estos objetos, si no la mayoría, eran de gran antigüedad y quizás bastante valiosos, Joseph pensó haber oído un ruido en la base del árbol y se detuvo. Había tantas ramas entre él y el suelo que no podía ver nada más que pequeños trozos de hierba surgiendo por los huecos entre las hojas ,si él no podía verlos, ellos tampoco podrían verlo a él. Esta vez no podía haber duda. Joseph escuchó con claridad un gemido bajo, como si un tipo de animal se encontrara en la base del árbol, pero ningún tipo de animal que pudiera reconocer, a  menos que podría tratarse de Jess; que se encontraba quizás muy malherida y gemía por el esfuerzo de arrastrarse de vuelta. —¡Jess! —llamó—. ¿Eres tú, muchacha? Pero no era Jess. Lo que fuera que estaba haciendo el ruido ya no se encontraba al pie del árbol, sino que había empezado a trepar. Pudo escuchar el ruido de algo golpeando contra la corteza y arrastrándose hacia arriba. Vio con nerviosismo creciente que las ramas debajo de él se sacudían a medida que se acercaba lo que fuera esa cosa. Joseph no pudo identificar ningún rasgo en la sombra oscura que trepaba cada vez más rápido hacia él, a excepción de las inmensas garras curvadas que usaba para aferrarse a la corteza.El grito que soltó Joseph cruzó el despejado prado y atravesó el muro del jardín y la pared de la casa y quebrantó la pacífica charla del café matutino de su madre. Su madre echó a correr instintivamente hacia el prado, con sus amigas detrás. Encontraron el cuerpo de Joseph al pie del árbol totalmente desgarrado y en sangrado, La madre llena de tristeza se arrodilla y se da cuenta de que el cuerpo se empezó a deshacer se hizo polvo la madre decide tomar lo que quedo de su hijo en polvo lo puso en un frasco y lo esparció por todo el prado    

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